Antes apuntaba los certámenes a los que había concurrido, el título del cuento; no quería enviar, por error, el mismo cuento a dos premios distintos. Pronto, me di cuenta de que daba igual: podía presentar el mismo relato a varios certámenes porque, en cualquier caso, nunca he ganado, nunca ganaré ninguno. Ni siquiera he quedado finalista. Nada. Habré participado en más de un centenar de certámenes y nunca he conseguido una simple mención, ni siquiera en los locales o los provinciales, en los que hay muy pocos participantes.
¿Tan mal escribo? Ahora mismo, sí. No soy capaz de concentrarme, de quedarme horas y horas contemplando una línea, buscando una palabra. De vez en cuando releo cuentos míos de hace cinco o seis años, de temática histórica, y los encuentro maravillosos; es como si los hubiera escrito otra persona.
Algunos escritores consagrados confiesan que nunca ganaron un certamen literario. Monterroso lo dijo en muchas ocasiones. En caso de que sea cierto, es un triste consuelo. El caso es que nunca han publicado un cuento mío. Ni una carta al director. Toda mi obra impresa se reduce a un artículo diminuto en la revista de un conocido, que no me pidió ninguno más.
